Delirios de una mente trastornada

Muere un mono azul (tercera parte)


Don Alberto recordaba lo que se sentía estar afuera, -¡jajajajaja!- se ríe para sus adentros, tanta libertad, tanto oxígeno. Esforzando aún más su mente, podía incluso recordar cuando vivía en el campo, esos días tan ausentes de delirio, llenos de sentido, en los que se sentía tan poderoso, tan lleno de vida.

¡Cómo extrañaba su infancia!, sentado en esta cama, cansado de contar las 15357 rayas y fracturas de la pared de su cuarto, recordaba aquellos momentos y se volvía a sentir feliz. En aquel entonces los veía por todos lados, pero no los cuestionaba, no dudaba de su existencia.

Su techo tenía 453 manchas, su procedencia era el tema de discusión de los miércoles, la similitud con todo tipo de objetos era la mañana de su domingo. Siempre dejaba lo más divertido para el domingo.

Estaba en ese momento de la madrugada, en aquellos momentos de claridad. Las drogas habían dejado de hacer efecto y puesto que debería estar dormido, nadie notaría ese brillo vivo en sus ojos, ni su sonrisa.

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