Delirios de una mente trastornada

Muere un mono azul (quinta parte)


-¡Auxilio! Enfermera 1. ¡Guardas, auxilio!- Los dientes de Don Alberto habían roto ya la negra tela de las medias de Claudia. Las babas choreaban lentamente hasta llegar a sus rodillas.

Tanto tiempo (exactamente 5 años, 6 meses y 3 días) sin probar la piel de una mujer. Sintió esa inyección de adrenalina, ese disparo de energía que recorría todo su cuerpo; hasta que luego de un quejido de placer, soltó los dientes de esa tensa y dulce piel.

Una inyección esta vez real en su brazo lo obligó a soltar la nalga de Claudia y luego todo se fue tornando lentamente oscuro, hasta que luego de un fuerte mareo todo fue negrura inconsciente.

Cuando despertó, su boca sabía a metal y hule. Intentó mover su lengua para tragar y al hacerlo, se dio cuenta de que había algo en su boca, forzado en contra de su cara con correas de cuero, y que le impedía cerrarla. Desesperado llevó su mano a su cabeza, pero estaba ésta también atada. Sabía que el castigo sería severo, sabía que pagaría extensamente por su corto placer.

Al abrir los ojos, la ausencia de las 453 manchas conocidas lo llevó a deducir que no se encontraba en su cuarto. En su lugar. había una luz blanca cuya brillantez le impedía enfocar cualquier objeto en su proximidad inmediata.

– Bueno Don Alberto, le tengo dos noticias: una buena y otra aún mejor.- Todavía aturdido por aquella inyección, no lograba determinar de quién era esta terrorífica voz que sin embargo le era tan conocida.

-Verá, hemos encontrado una cura experimental para su enfermedad, y dada la intensificación de sus síntomas hemos decidido probarla en usted- Estaba seguro, el que le hablaba era el Doctor X, “ese hijodeputa”, pensó. -Los únicos síntomas secundarios son pasivos y no limitan su capacidad de interacción social. Después de todo, solo afectan su capacidad creativa y suprimen sus sueños.-

-Listo, Doctor X, podemos comenzar cuando usted quiera.- La voz de la enfermera 1 se desbordaba con felicidad.

-¿Cuál es la segunda noticia? Se preguntará usted. Pues que podrá usted salir de aquí y reintegrarse a la sociedad.- Por la cercanía y la fetidez de este aliento, sabía que el doctor le hablaba desde muy cerca.

-Mgh, augh…mughtas…- era imposible hablar. El objeto que se encontraba en su boca ahogaba sus gritos por ayuda.

-Enfermera, la inyección, por favor. Caballero, por favor dele la vuelta a la mesa de operaciones, sí, sí, de tal manera que Don Alberto quede boca abajo.

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