Delirios de una mente trastornada

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El Chiflin

Lo llaman el Chiflín
donde le rezan a San Sebas,
vientos alisios y las ungidas sendas
de los ojos como escaleras sin fin.

Vive ahora de los otros.
En los días que está muerto
se vuelve un atardecer,
sus rojos, sus morados
y su negro envilecer.

Esa noche venía
vivo yo también,
cuando el Chiflín
me dijo –de día la encontré

caminaba por las alamedas,
hacia una vuelta de las buenas,
la vi así con su negro coca cola,
pidiendo sin vergüenza que le
bajara algunas tejas.

La vi así con su abrigo de escarcha
su cola gorda de verdades mudas
y unos ojos que a cristo
le hubieran hecho de la cruz salir.

¡Que se jodan los pecadores,
el que jode hoy soy yo!
Así le dije y ahí mismo
con el filo caliente del silbido
la enchucé.

¡Ay!
que gata más bonita vi,
al tocar el suelo
el vidrio de cuero
en mil blancas explotó.

Silencio,
por la calle,
por los árboles,
las sirenas y sus penas,
todos los perros y esos senos
falsos, todos ellos con un cigarro
me bájé.-

Que le dices
a una fiera,
un troglodita,
que predices,
si los dioses,
vos maldita;
la mejor piedra.

La mano en el bolsillo,
la mente con un estribillo,
poeta de la calle, lo nombré.

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Poesía callejera

Asustado y pensando que me iban a enchuzar
cruce lento la fría alameda,
cigarro en mano por si hay que atacar,
entre la quince de setiembre y un ceda.

Ojos camaleónicos, completamente transformado.
Al darme cuenta que de la cabeza estaba aliviado,
jamás en locura ganarían
las ratas todas, insuficientes serian.

La roja cueva estaba ya moreteada,
la mascara con olvidos remachada
-¡Jamás! Sí, jamás me vencerían-

Cruce pues la callejuela
alejándome del pasado que cuela
y sirve en copas el agua de caño.
Con la frente en alto cual caballero de antaño.

Me interne curioso ahí abajo,
nueve círculos eran, no de fuego, si no de pobreza.
Abriré las alas y tomare un atajo;
pero el camino fácil no es de la realeza.

Quebrado de las aguas el equilibrio
rompió el cielo con gran estruendo.
El flujo del divino y eterno rio
de mis alas la vida apago en un morendo.

Sentado y acabado me deje divagar
y del bajo ligera salto una gata
-Déjame enseñarte como este cuento va a acabar-

Entre basura, latas y la suciedad
con elegancia y belleza se perdió.
Como quien desea ahogar con intimidad,
caníbal el jalón, el cigarro murió.

Se cerraron las alas, se apago la tonta ilusión.
Con determinación quite de mi paso la basura;
si se sigue el instinto, no hay mala elección.
La escuche adelante pisando las latas con ternura

la escuche ágil, alejándose silenciosa,
la escuche a pesar del ruido de mis pasos.
Los siete pecado siguieron sus rastros,
capital la mirada, mas no pretenciosa.

Lo empinado del terreno me obligo a improvisar,
la madre verde me ayudo a recordar:
“Caminando en cuatro hay que comenzar,
naciste con alas, pero no has aprendido a volar.”

Al sentirse perseguida la gata salto
perdiéndose entre el gris del concreto y lo negro del asfalto.
Lo intenso de mis ojos, la claridad
de mi sol, ilumino, fatalmente, en ella la verdad.

Completamente solo mi viaje continúe
que no se diga pero el dolor apacigüe,
de tapa roja era el veneno
que hizo el dolor mas ameno.

Y me dije que vengan las lajas,
que vengan los piedreros.
No habrá ya cama, solo cartón y cajas.

Para acallar a los transeúntes
pido sin vergüenza una morada,
me miran ausentes, su pasión apagada.
Ahora en las noches el frio toma apuntes

el hambre sirve de tinta
los de azul me requisan por la pinta,
pues es mi vestimenta escueta
y de las calles soy poeta.

foto tomada por Silvia Meza