Delirios de una mente trastornada

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El Chiflin

Lo llaman el Chiflín
donde le rezan a San Sebas,
vientos alisios y las ungidas sendas
de los ojos como escaleras sin fin.

Vive ahora de los otros.
En los días que está muerto
se vuelve un atardecer,
sus rojos, sus morados
y su negro envilecer.

Esa noche venía
vivo yo también,
cuando el Chiflín
me dijo –de día la encontré

caminaba por las alamedas,
hacia una vuelta de las buenas,
la vi así con su negro coca cola,
pidiendo sin vergüenza que le
bajara algunas tejas.

La vi así con su abrigo de escarcha
su cola gorda de verdades mudas
y unos ojos que a cristo
le hubieran hecho de la cruz salir.

¡Que se jodan los pecadores,
el que jode hoy soy yo!
Así le dije y ahí mismo
con el filo caliente del silbido
la enchucé.

¡Ay!
que gata más bonita vi,
al tocar el suelo
el vidrio de cuero
en mil blancas explotó.

Silencio,
por la calle,
por los árboles,
las sirenas y sus penas,
todos los perros y esos senos
falsos, todos ellos con un cigarro
me bájé.-

Que le dices
a una fiera,
un troglodita,
que predices,
si los dioses,
vos maldita;
la mejor piedra.

La mano en el bolsillo,
la mente con un estribillo,
poeta de la calle, lo nombré.


Amor

Un poeta ama
como la sangre
de la madre Gaia,
como esa piedra líquida,
esa contradicción hecha vida.

Ama como la atmósfera
elevada y absoluta.
Ausente, es la muerte.
Todo lo cubre, tan amplia
que se vuelve insubstancial,
irracional, intangible
irremediable.

Un poeta es
un corpúsculo.
Tiene una nube
de probabilidad
y un principio de incertidumbre.
Salta entre realidades.
Su momento angular intrínseco
hace su dirección subjetiva
y la magnitud de su valor
cuantificable.

Y cuando un poeta
ama, es energía pura
que une y construye,
que explota y destruye.

 

Dedicado a Tatiana